Mostrando entradas con la etiqueta invierno. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta invierno. Mostrar todas las entradas

martes, 15 de diciembre de 2009

Aquí estoy


Aquí estoy, ahogándome en la vida y yo que creía que me la bebía sorbo a sorbo, que transitaba casi sin pisar el hermoso tapete que se convertía en mi camino, pensé que flotaba, que ella me amaba como se ama a la mejor amiga, como se ama a quien comparte con nosotros nuestros más bellos sueños de la infancia. Pues bien, me caí de aquel hermoso idilio, el golpe ha sido mortal y certero, me tiemblan las manos, me sudan los ojos, pues ya no puedo llorar porque ella me enseñó que las lágrimas sólo pueden ser vertidas ante la majestuosidad de su figura mitológica, sí frente el amor, la amistad y el dolor propio de la existencia, una existencia tan profunda y definitiva que compite con lo eterno, tan perfecta y clara que compite con la inmensidad y circularidad de lo abstracto.

Ya sé que todo lo que digo, escribo y pienso son únicamente palabras, lo verdadero, lo sentido y desgarrador queda condensado en mis interludios infinitos, transfigurados en mis solsticios de silencio y soledad, de tristeza, de ganas de llorar, en la desesperación por vivir pero no vivir de cualquier modo, no vivir bajo las reglas de contrabando de este mundo vacío y vulgar, tan vulgar que raya con lo grotesco y me hace comprender la nauseabunda desazón de estar arrojada en una gran masa de estiércol.

Simone.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Diatriba de una filósofa con su espejo


Espejo: — ¿Quién eres?
Filósofa: — No sé.
E. — ¿Quién fuiste?
F. — Una mujer que no reconozco, pero que me agradaba porque era tan fuerte y alejada del “mundo”. Dominaba pero lo hacía de una manera tan natural como quien lo tiene todo, incluso este derecho de nacimiento.

Me gustaba su carácter, su decisión, su lucha. Aunque, a veces, debo decirlo, era algo busca pleitos. Parecía que se hubiese trazado la meta de representar la divinidad griega de la sabiduría, la inteligencia y el arte de la guerra. Asimismo, todo lo tenía claro: hacía lo que hacía con tanta pasión y entrega que al mundo sólo le quedaba ofrecerle una reverencia y cederle el paso.

Su inteligencia y su amor por ella eran el centro de su vida: ni las gentes, ni sus pequeñeces podían turbarla. Sabía asumir sus profundidades y sus claros mediodías y se satisfacía en ellos.

E. — ¿Quién quieres ser?
F. — Nuevamente ella.
E. — ¿A qué precio?
F. — Al que sea. Lo que pueda costar, porque lo he pagado con mi vida desde que tengo uso de razón. Por eso mismo, no me guardo nada, no escatimo, no negocio, no pujo. No tiene caso, no estamos hablando de una subasta, ni mucho menos de un bien que habrá de perder su valor.

E. — ¿Qué no quieres ser?
F. — Un ser escindido, porque son una farsa. Prefiero el desgarramiento múltiple de Dioniso, porque es más real y definitivo. Total, para ser exacta.

No quiero ser una farsa.

No quiero ser lo que los “otros” quieren que yo sea.
No quiero ser una muñeca de cristal.
No quiero ser cobarde.
No quiero ser insensata.
No quiero fallarme a mí misma. ¡Nunca!
No quiero ser cruel y hacer escaleras con cuerpos humanos.
No quiero ser malinterpretada.
No quiero nada del “mundo”, porque sin duda lo tengo todo.
No quiero ser débil. ¡Nunca más!

Simone.